De entre los jugadores que han pasado por mi memoria, la mayoría responden a unos tipos bastante definidos. Hábiles mediapuntas que poseen el don de la clarividencia, fibrosos laterales, centrocampistas toscos y con buen golpeo de balón... parece como si hubiese unos "arquetipos" platónicos de jugadores, una especie de treinta categorías con las que podríamos describir, con mayor o menor acierto, a aquellos ídolos de nuestra infancia.

He aquí entonces una de esas excepciones, normales desde el punto de vista estadístico, pero difíciles de creer en una persona común. Hablo de DECO, supercrack brasileiro-portugués, decodificador de partidos, partidor de tibias, orfebre de joyas y fino diplomático. Todo en uno.

Comencé a oír el nombre de Deco en "La Voz de Galicia", hace unos 6 o 7 años. Por aquel entonces, se rumoreaba insistentemente que el Deportivo de La Coruña estaba a punto de fichar a un joven brasileiro que jugaba en el FC Porto; el Deportivo no se habría equivocado.
Aquel anónimo Deco ejercía una labor limpia y vistosa en su club, algo así como la nota alegre de una dura película bélica -como son muchos partidos en Portugal-. Por ende, era un jugador "sospechoso" de adolecer de virtudes tan romanas como la valentía, el trabajo en equipo, el respeto al rival. Cuando el Porto eliminó -injustamente, quién sabe- a mi Depor, Deco ya se había revelado como un auténtico magistrado del centro del campo. En la final contra el Mónaco, el pequeño brasileño se mostró como el auténtico cacique se su ejército, digo equipo. Ese verano, tras llevar a Portugal, su nación adoptiva, a la final de la Eurocopa, fichó por el Barça. Siendo justos, yo no veía nada clara la adaptación de Deco. Mejor dicho, sí que la veía clara, pero a costa de defenestrar a los puntales del Barça, que no eran otros que Xavi y Ronaldinho. Pero ahí sucedió algo sorprendente.. tan maravilloso como el temple de un metal antes blando, mejor aún, la transmutación de un cisne en rottweiler.